Los gigantes azules llegan a su tercer estamento
James Cameron vuelve al cine, y con él el cine de entretenimiento vuelve a ganar músculo en épocas oscuras de poca convocatoria. La saga que modificó para siempre a la taquilla llega a su tercera parte sin innovar demasiado en lo tecnológico (la segunda parte se llevó ese galardón) ni en lo narrativo (la sorpresa de la primera es compleja de superar). Avatar: Fuego y Cenizas quiere ganar su lugar.
¿De qué va?
Tras una pérdida devastadora, la familia de Jake y Neytiri se enfrenta a una tribu Na’vi hostil, los Ash, liderados por el implacable Varang, mientras los conflictos en Pandora se intensifican y surgen nuevos dilemas morales.
En la eterna discusión entre si el cine es arte o entretenimiento, hay una figura que siempre parece jugar su propio juego y ganar: James Cameron. La persona capaz de hacer Terminator 2 y Aliens, de revolucionar los vfxs con The Abbys o romper la taquilla con Titanic, es una de las eminencias del celuloide hoy.

En 2009, con Avatar, el cine encontró un nuevo mojón para calcular un éxito comercial en salas, y a la vez un standar en la realización de efectos visuales que permitía soñar que cualquier mundo era posible. La primera parte, mezcla de Pocahontas con los pitufos y Matrix, fue un éxito descomunal, mientras que la secuela demostró la capacidad técnica de seguir creciendo.
Pero a nivel narrativo Avatar: The Way of Water (2022) fue muy criticada. Sin demasiadas sorpresas, con una bajada de línea política demasiado obvia y con la confirmación de CUATRO secuelas, la segunda parte fue una suerte de pequeña mancha en el registro de victorias absolutas de Cameron. Entonces, esta tercera parte, busca «arreglar» a su antecesora.

Avatar: Fuego y Cenizas es una suerte de Avatar 2.5. Una tercera parte que se parece demasiado a su segunda. Un hiato en la construcción del camino del héroe del protagonista en pos de sumar a las nuevas generaciones. Es a los cómics el pasaje de la Justice League a los Titans, que nunca sale bien y DC Comics termina haciendo un evento para borrar todo y comenzar de cero.
Nada de lo que sucede sorprende o cambia el amperímetro de lo ya narrado. El héroe sigue atribulado, y nunca termina de definirse como quien es, su compañera de vida sigue enojada, sus hijos siempre son rebeldes, y la pequeña nacida de la magia de Eywa (la Pachamama de Pandora) sigue demostrando tener habilidades especiales tipo Neo.

Pero entonces ¿por qué casi tres horas y media? He ahí el misterio. Avatar: Fuego y Cenizas es una linda montaña rusa en formato 3D, se disfrutan los colores, las formas, las texturas, pero en un momento queremos bajarnos y aún falta. ¿Cómo se soluciona? Con un tercer acto, en formato batalla campal, que es un espectáculo de gran escala.
Hay algo claro: James Cameron ama el mar, odia a los humanos que lastiman a las especies marinas, y quiere dejarlo SÚPER claro. Pero la búsqueda la pone por encima del relato, y eso lo hace permeable a críticas. Este podría ser un cierre, pero hay DOS películas más. Siete horas que faltan en este mundo, del que ya conocemos casi todo. ¿Será el momento que lo viejo deje de funcionar? ¿Jake Sully tiene que dejar su lugar?

Hay conceptos interesantes (todo lo de Eywa funciona bien), hay personajes queribles (Spider, Kiri) o «villanos» tridimensionales (Quaritch la rompe), pero de repente ponen de antagonista a un personaje como Varang, que sólo es mala por serlo, que se hipersexualiza y que usa las drogas como control (en una secuencia que parece robada de cualquier edición de Far Cry). Dos caras de una moneda de una producción que ya se entendía como asentada.
Avatar: Fuego y Cenizas es visualmente impactante, como la segunda, pero en su versión mejorada de más frames por segundo (lo que hace que parezca aún más un videojuego -visualmente hablando-). Uno no puede dejar de mirar la pantalla y maravillarse. Pero es decepcionante que de todos los caminos posibles de un mundo gigantesco por descubrir, estemos repitiendo patrones de las anteriores iteraciones. Será cuestión de seguir confiando en James Cameron, que pocas veces ha decepcionado.


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