This is… THE END OF THE WORLD
Gerard Butler se convirtió en un héroe de acción carismático y familiar, y todo eso lo usa en El día del fin del mundo: Migración, la secuela de una pequeña película post-apocalíptica que ahora redobla su apuesta por escenarios gigantes y mucha mala suerte.
¿De qué va?
Tras el impacto de un cometa que devastó gran parte de la Tierra, sigue a la familia Garrity, obligada a abandonar la seguridad de su búnker en Groenlandia y recorrer un mundo devastado en busca de un nuevo hogar.
Vivimos tiempos oscuros. En general, en el mundo. Pero también en el cine, dónde los relatos post-apocalípticos se vuelven más y más comunes y… cercanos. ¡Pero lo primero es la familia! Y el trío conformado por John Garrity (Gerard Butler), Allison Garrity (Morena Baccarin) y Nathan Garrity (Roman Griffin Davis) vuelven en El día del fin del mundo: Migración.

El director Ric Roman Waugh (que dirigió la primera parte, y varias otras películas de Butler) vuelve a meternos de lleno en este mundo dónde un gran meteorito no sólo impactó de lleno en el planeta Tierra, sino que sus restos siguen polulando y siendo un peligro para el futuro inmediato.
La familia Garrity había hecho lo imposible y lo impensado durante la extinción, pero lograron llegar a Groenlandia, que parecía ser el paraíso dónde la humanidad podía reconstruirse. Pero no. Estamos cinco años luego de los eventos de la primera (aunque la edad del hijo no cierra) y el planeta está deshaciéndose de a poco por las consecuencias del meteorito.

Caídas intempestivas de pedazos de roca del espacio, lluvias electromagnéticas gigantes, tsunamis y terremotos son algunos de los peligros que este Brave New World tiene para ofrecer. Y allí aparece un nuevo paraíso perdido, una nueva posibilidad: Francia.
En el verosímil de esta película, el lugar del cráter originario puede ser el espacio biodiverso para encontrar posiblidades de supervivencia. Y la familia debe viajar obligadamente allí. En ese camino, lo del padre de familia puede tener similitudes a Moisés o al César de Planet of the Apes: el rito de pasaje al mundo prometido.
Mientras la primera parte ponía el acento en la supervivencia a niveles más familiares, personales y humanos, acá estamos ante una suerte de World War Z (2013) pero en lugar de zombies, con post-apocalipsis. Los Garrity viven yendo de punto en punto, y cada vez que llegan algo se rompe y deben huir.

Cómo mancha venenosa, cada ayuda o solución se termina empastando o arruinando por la llegada de esta familia amante del número 13. Pero el nuevo mundo tampoco ayuda: además de los cambios climáticos, la humanidad decidió entrar en guerra por el cráter, así que además tendrán que superar secuencias que parecen imitaciones de 1917 (2019).
A nivel efectos visuales y scope, El día del fin del mundo: Migración se ve muchísimo más grande y espectacular, pero pierde seriamente en su sustancia, en el sustrato que le daba vida a su primera parte: lo humano como piedra fundacional de la supervivencia. Si no nos importan los humanos, ¿por qué nos importaría que sobrevivan?

Y eso es en parte por lo estructural, las situaciones son demasiadas y siempre ocurre lo mismo: la familia está en peligro, alguien los salva, van al lugar de esa persona y algo pasa que esa persona muere o desaparece. Eso hace que nunca lleguemos a conectar. Y mientras que Butler y Baccarin despliegan sus pilotos automáticos con oficio, lo de Davis es «no sé que hago acá, pero estuve en Jojos».
El día del fin del mundo: Migración es una experiencia para vivir en pantalla grande, con escenarios espectaculares e imágenes post-apocalípticas que inundan las retinas. Pero falla en lo más importante: el valor de lo humano. Quizás sea otra muestra del mundo actual en el que vivimos.

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