La historia atravesada por el culto
Un culto que salió de Inglaterra, cruzó el charco -cuando viajar era una ruleta rusa- y consiguió enraizarse en un Estados Unidos consumido por su propia guerra interna. El testimonio de Ann Lee es una experiencia potente, incómoda y a la vez hipnótica, que coloca a Amanda Seyfried en el lugar de estrella todo terreno que merece.
¿De qué va?
Narra la historia de la protagonista desde su infancia marcada por la pobreza en la Manchester preindustrial, siguiendo por su emigración a Norteamérica y hasta su muerte en 1784, a los 48 años. La película retrata el proceso de creación de la secta shaker, cuyos integrantes rendían culto a través del canto y los movimientos extáticos: actos de devoción vibrantes, exuberantes y de intensa expresividad física. Predicadora de la igualdad de género y social, Ann Lee estaba empeñada en la construcción de una utopía, y el film revela el éxtasis y la agonía de ese proceso apoyado en más de una docena de himnos tradicionales shaker reinterpretados como pasajes escénicos de gran intensidad espiritual.
La cultura vive de recordar. Es lo que nos hace humanos, lo que nos permite perdurar más allá del tiempo, nos hace eternos, nos permite pararnos de igual a igual con Dios. La directora Mona Fastvold (que produjo y escribió The Brutalist) decidió jugar sus cartas y dejar algo para la posteridad.

El testimonio de Ann Lee no es una experiencia sencilla de atravesar, como su protagonista debemos superar estadios de confusión, sorna, aburrimiento y pura fé en un momento de la historia (finales del Siglo XVIII) que no contribuía a encontrar certezas.
Distribuida en tres partes, con los momentos más intensos de la vida de la creadora del culto shakers, la experiencia se vuelve más enigmática aún al utilizar el subgénero musical para llevarnos de la mano en la oscuridad, en esta historia real basada en conjeturas.

El testimonio de Ann Lee es un musical, de un drama histórico sobre un culto dónde su creadora abogaba por el celibato como forma de fidelidad, y el baile como forma de conexión. Una historia de más de dos horas y media, que además desnuda una época de cambios profundos y guerras atroces.
Lo más sorprendente es la actualidad que exuda. Si quitamos la falta de tecnología de la ecuación, vamos a seguir observando las mismas preguntas, odios, miedos, preguntas y mentiras que atravesamos hoy día. Seguimos buscando algo más allá de esto, y como humanidad hace cuatro mil años que estamos igual.

Además del buen hacer en la puesta en escena y ritmo del montaje en los números musicales, uno de los aspectos más destacable es la fotografía. La mayoría de los planos terminan siendo una obra de arte, aprovechando los focos de luz de las velas, y lo ocre de las vestimentas como lienzo.
Pero sin lugar a dudas, lo mejor de El testimonio de Ann Lee es la actuación de Amanda Seyfried. Una actriz capaz de cantar y bailar con maestría, pero también de hacernos creer que es la elegida, con potencia de liderazgo y fragilidad puesta a prueba a flor de piel. Verla envejecer en pantalla es un regalo de entrega actoral.

El testimonio de Ann Lee es una historia sobre la creación de un culto que aún hoy sigue vivo, pero también sobre la revolución industrial de Europa, la guerra de secesión en Estados Unidos, los viajes en barco al Nuevo Mundo, el reformismo en la iglesia católica, la decisión sobre el propio cuerpo de la mujer, la misoginia y la censura.
Pero también sobre la fé. Sobre creer que otro mundo es posible, que podemos habitar esos paraisos desiertos a través de nuestra verdad, o quizás simplemente gritando, bailando y regocijándonos en la unidad y el amor fraternal. Algo que, hoy día, parece ciencia ficción.

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