Ryan Gosgling, el hombre definitivo
Un astronauta que despierta sólo en el espacio, una amenaza que ataca a todo el universo, un compañero inesperado y la esperanza a pesar de las contradicciones. Y musicalizado con tango y Mercedes Sosa. Aunque no parezca, existe y se llama Proyecto Fin del Mundo.
¿De qué va?
El profesor de ciencias Ryland Grace (Ryan Gosling) se despierta en una nave espacial a años luz de su hogar sin recordar quién es ni cómo ha llegado allí. A medida que recupera la memoria, comienza a descubrir su misión: resolver el enigma de la misteriosa sustancia que está provocando la extinción del sol. Debe recurrir a sus conocimientos científicos y a sus ideas poco ortodoxas para salvar de la extinción todo lo que hay en la Tierra… pero una amistad inesperada hace que quizá no tenga que hacerlo solo.
Nadie se salva solo, un axioma que no parece tal hoy teniendo en cuenta lo discutido que se encuentra. Pero el hombre se desarrolló en sociedad, y ante el peligro se cuidó espalda con espalda con sus pares. Así creció y evolucionó. Ahora, que una nueva amenaza resurge, el peor de nosotros debe compartir conocimientos con otro ser para salvar el universo.

Proyecto Fin del Mundo es un faro de esperanza en un mundo actual caótico y oscuro. Dirigida por Phil Lord y Christopher Miller (los mismos de A Lego Movie, las dos películas del Spiderverse de Spider-Man y Cloudy with a Chance of Meatballs -entre otras), se suman Drew Goddard y Andy Weir en los guiones (que ya participaron en The Martian) y protagoniza el incombustible Ryan Gosgling.
La película, basada en un libro del mismo autor que la citada The Martian, va construyendo la historia de a poco, con varias líneas narrativas creciendo a la vez, risomáticamente como una raíz encontrando su espacio. Lo que en un principio parece una survival movie en el espacio, termina en una especie de buddy comedy, en donde dos protagonistas impensados deben transitar sus diferencias por algo mayor.

Pero acá no hay broncas o conflictos, los protagonistas buscan la solución definitiva a un problema universal, unos seres microscópicos que están comiendo soles por todo el espacio. Y allí, el profesor de secundaria Ryland Grace (Gosgling) debe descubrir porqué está solo en una nave a años luz de la Tierra, a la vez que nosotros lo descubrimos al mismo tiempo, empatizando -o no- con él.
Miller y Lord entienden a los humanos. Lo hacen con una perspectiva fresca y algo naive, como un adulto con anteojos de niño creyendo que todo puede ser mejor. El otro no es un enemigo, es un futuro aliado. El humor se convierte en un salvataje en tiempos de duda, y la valentía florece incluso en los más cobardes. Proyecto Fin del Mundo podría sólo ser una película de ciencia ficción, pero es mucho más.

Y cómo hay muy buenos chistes (sobre todo a nivel del lenguaje y las palabras), también hay tensión, miedos, fracasos, llantos y dolor. Un equilibrio casi culinario, una receta que emula la complejidad de la humanidad y nuestro deseo de sobrevivir, con elementos dispares y hasta bizarros, pero que maridan a la perfección para dejar un gran sabor de boca.
Principio de ¡SPOILERS!
Con cosas de Interestellar (el fin de la tierra, los tiempos en el espacio, y las explicaciones científicas) y Arrival (la construcción de comunicación con seres de otra galaxia que no entienden el mundo como lo conocemos nosotros), se vuelve tan simple y efectiva que termina permeando mucho más efectivamente. Grace parece sacar a relucir su pata de profesor de secundaria para darnos las herramientas de conocimiento sin abrumarnos.
Y la argentinidad al palo, porque la sorpresa sobreviene cuando suena un tango a la media hora de película, y uno dice «mira mira, por lo menos aparecemos así», y luego en el clímax comienza a sonar «Gracias a la vida» en la voz de Mercedes Sosa y todo es perplejidad. El cachetazo cultural nos hace sentir parte de algo más grande, y otro coronación de gloria en el archivo de la memoria.
Fin de ¡SPOILERS!

Proyecto Fin del Mundo es larga, casi dos horas y media, pero la complejidad de lo que cuenta podría ser el caldo de cultivo de por lo menos tres películas relativamente buenas. El sincretismo de porqué la cultura, el cine y específicamente la ciencia ficción pueden convertirse en un enlace químico (combinación de átomos para formar compuestos químicos y darle estabilidad al producto resultante) que relatan nuestro pasado, presente y futuro. Una huella de carbono de esperanza en un mar de malas noticias y guerras.
Risueña, inteligente, cómica, empática, gráficamente maravillosa, cálida, y con dos protagonistas completamente angelados y un reparto a la altura, Proyecto Fin del Mundo es una botella arrojada al universo para recordarnos porqué seguimos existiendo, lo hacemos por lo que amamos, por lo que tememos, por los que vienen, y porque a pesar de todos los miedos y las inseguridades siempre nos podemos convertir en héroes, incluso los más cobardes.

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