Star Wars: El Ascenso de Skywalker – El fin de una era

2019 va a ser un año bisagra para el cine: además del regreso de Tarantino a la pantalla grande y de Scorsese a la pantalla (no tan) chica, fuimos testigos del fin de un proceso de entretenimiento transmedia que se llamó Avengers: Endgame, y ahora mismo volvemos a darle un cierre a una saga que definió para siempre el cine de entretenimiento y acompañó a varias generaciones desde su estreno (cuando no era Episodio IV) allá por 1977. Star Wars cierra su derrotero de la ahora llama “Saga Skywalker” con su novena entrega: El Ascenso de Skywalker, habiendo cambiado para siempre el paradigma del negocio audiovisual a través del merchandising, los productos satélites y el concepto de precuelas/secuelas.

Entender la novena parte de esta saga en un todo en el tiempo es esencial para un análisis certero, porque al igual de lo que sucedió con Endgame esto ya no es sólo una película, es una franquicia, una maquinaria ideada por Disney para perpetuarse en el tiempo jugando en una lógica entre lo melancólico y lo nuevo. La idea ya no es contar historias nuevas, sino vivir en un hilo finito y endeble entre vender muñecos nuevos, videojuegos, comics, novelas y a la vez intentar mantenerse jovial para que el demográfico no sea +45. Y ahí veo necesario detenerse, y analizar un poco el bloque de cada una de las tres trilogías por separado… (pueden saltearse todo el análisis e ir a la reseña si así lo desean).

Tres veces tres

La trilogía “original” y la que todos aman surgió en 1977. A pesar de estar avanzada en su tiempo, los efectos visuales no sólo son impresionantes sino que fueron la vara en la que se midió todo el cine de verano de ahí en adelante. ¿La historia? Una Soap-Opera Espacial (género arbitrario por demás) que seguía las peripecias de un granjero (Luke Skywalker) en un planeta olvidado y distante que se convertía en un caballero poderoso para derrotar al Imperio del mal que tenía como lugarteniente principal a su padre (Darth Vader). En el medio, una hermana princesa revolucionaria (Leia Organa-Skywalker), un antihéroe carismático con un amigo peludo (Han Solo y Chewbacca) y por sobre todas las cosas un concepto new age que modificaría para siempre la sensación al pararse frente a una puerta corrediza automática: LA FUERZA.
La trilogía tuvo continuación en 1980 y tercera parte en 1983, y la segunda parte es considerada por la mayoría como la mejor. Se vendieron millones de muñecos, Marvel publicó cientos de comics y todo fue alegría. Su creador, George Lucas, decía todo el tiempo que esto formaba parte de una saga de seis partes, o nueve, de acuerdo en qué momento de la vida hacías la pregunta.

En 1999 fue momento de reavivar la llama y de volver a meterse en esta galaxia muy muy lejana. Los efectos visuales ya eran moneda corriente y el tío Spielberg había demostrado con Jurassic Park que había con qué. Pero George Lucas se dejó llevar por los cantos de sirena de los VFXs y no estuvo a la altura de las circunstancias. En este caso conoceríamos el nacimiento y caída de Anakin Skywalker, quien en el futuro se convertiría en Darth Vader por odiar la arena (eso entendimos). También vemos la caída de los Jedi (una orden antigua que usaba la fuerza) y el ascenso de el Imperio en manos de los Sith (enemigos naturales de los Jedi). Todo esto aderezado con discusiones parlamentarias, efectos visuales defectuosos y muy malas actuaciones. Las precuelas (como se llamaron) se estrenaron en 1999, 2002 y 2005, fueron escritas y dirigidas por Lucas y terminaron llevando la saga a un ostracismo total hasta que llegó… Disney.

En 2012 Disney compra Lucasfilm, quedándose con el negocio millonario de Star Wars y produciendo una nueva trilogía que se desarrollaría en 2015, 2017 y 2019. Continuaría a lo que sucedía en la trilogía original e intentaría atraer a toda una nueva generación de futuros compradores de merchandising. Esto no era tarea fácil ya que: muchos habían abandonado el bote luego de las precuelas, y por otra parte el elenco original estaba cansado o en otra. Peeeeeeero… llegó el Sr. Billetín y con él El despertar de la Fuerza. En este caso seguíamos las peripecias de una suerte de pepenadora (Rey) en un planeta olvidado y distante que se convertía en una caballera poderosa para derrotal al Imperio del mal que tenía como lugarteniente principal a un chico con el que tiene mucha conexión (Kylo Ren). En el medio, una princesa revolucionaria (Leia Organa-Skywalker), un antihéroe carismático con un amigo robótico y redondo (Poe Dameron y BB8) más un antihéroe carismático con un amigo peludo (Han Solo y Chewbacca) y un desertor del Imperio (Finn). La fórmula tenía muchos parecidos a la primera película y esto dividió las aguas tanto entre los que gustaron de esto, como los que creyeron sentirse estafados por la repetición.
Eso cambió en 2017 con Los últimos Jedi, donde la polémica se hizo mas potente que la fuerza del maestro Yoda: un cambio de paradigma total, ideas jugadas que sacaban del lugar de comodidad, una cantidad gigantesca de agujeros de guión y un final que llevó al paroxismo la discusión en redes sociales bajo el lema: “Not my Luke” (no es mi Luke). En este escenario, se desacralizaba la idea de los Jedi, la fuerza y Luke Skywalker; se relativizaba el pasado de Rey (era una don nadie) y se instauraba la idea que nada era tan blanco o negro.
Claro que esto enervó a jóvenes y grandes por igual, colocando en un lugar incómodo a Disney que volvió a contratar a J J Abrams (el director del Episodio 7) para hacerse cargo del final de la saga y ver de volver a encontrar ese fino límite entre lo conocido y lo… nuevo.

Una despedida que lleva años

La saga de Star Wars, entonces, se resiente del mismo problema que los comics: tiene que mantenerse igual a través de todo el tiempo y al mismo tiempo reinventándose. Bruce Wayne tiene que seguir siendo Batman a pesar que tiene buenos personajes para que lo sucedan, pero “para la gente común” no serían Batman. En el universo de SW estamos en una Galaxia Muy Muy Lejana, GIGANTESCA, pero siempre encontramos a los mismos personajes y todos por una cuestión u otra están relacionados.

El inicio de El Ascenso de Skywalker actúa como una respuesta a los fans y a Rian Johnson (director de Episodio 8), se plantea un “nuevo” villano que maneja los hilos desde el fondo y qué cuál Mago de Oz fue el responsable de Snoke, de Kylo Ren, de Rey, y de la devaluación luego de las PASO. En el medio de todo esto Rey se encuentra entrenando con Leia para ser más poderosa en la fuerza y la Resistencia está diezmada.

A diferencia de Los Últimos Jedi, acá tenemos a todo el equipo nuevo junto durante casi toda la película, el trinomio Finn / Rey / Poe crece y se consolida con una trifecta nostálgica telonera compuesta por C3PO (en su mejor participación en años), Chewbacca y Lando Calrissian, que vuelve para despedir la saga como corresponde (y no es el único).

¿El objetivo? Derrotar a la armada definitiva: La orden final. Una legión de naves espectrales con la capacidad de destruir un planeta (ya ni es necesario otra Estrella de la Muerte, ahora son todas). En el medio de esto, Rey va a descubrir su origen y objetivo final, Kylo Ren va a ser lo mejor de la cinta mostrando matices y contradicciones, Finn va a tener algo que hacer en lugar de sólo huir y van a aparecer un par de personajes nuevos con potencial pero muy poco tiempo en pantalla cómo para destacar (o sea, es la novena película gente). Hurgar más sería entrar en detalles, pero si sos amante incondicional de la saga, la última hora va a ser un viaje emotivo que te mantiene con un nudo en la garganta y del que no te conviene estar al tanto antes de sentarte en la butaca.

Pero claro, el viaje emotivo también tiene sus turbulencias: todo es casual, todo esta puesto para forzar la narración en una dirección. Las sorpresas no son tales, porque huelen más a bálsamo para el humor de los fans que buscaban a su Luke maestro groso, a Leia no volando por los aires y a Kylo y Rey casándose entre flores como Anakin y Padme en Episodio 2. El villano parecía conocer al detalle todo lo que iba a suceder, pero a su vez parece no estar en control total. Dos puntos interesantes y que la separan de otras películas de la saga: el tono terrorífico es algo que nunca vimos y que se agradece enormemente, algo heredado de los comics donde se cuentan historias de los Siths, y por otro lado el tema de la aventura. Una aventura más cercana a Indiana Jones que a la espada y hechicería espacial, y que le da un toque diferente al cierre de la saga, que a su vez puede emparentarse (un poco, no se asusten) con lo que fue Episodio 6.

Star Wars Episodio 9: El Ascenso de Skywalker es difícil de analizarse como película unitaria, si así se hiciese sería ilógica, irracional, imperfecta, hasta en algunos puntos intentendible. Pero si tomamos la foto de una historia que arrancó en 1977 vamos a ver el gran entramado que hay detrás, una narración mítica donde el bien y el mal se enfrentan entre generaciones, y las postas se van pasando de abuelos a nietos. Así como en la vida, pero con sables laser y en una galaxia muy muy lejana. Esa misma que no volveremos a ver con los ojos de Skywalker nunca mas.

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