El encuentro musical
Durante más de veinte años, Córdoba se convirtió en un espacio fundamental para la música. Y el festival de folklore Cosquín abrazó a la cumbia y luego al rock. Y nació Cosquín Rock, dos jornadas repletas de mística.
¿De qué va?
El Cosquín Rock es un festival de música que se lleva a cabo anualmente, desde 2001, en la Provincia de Córdoba, con una duración promedio de 2 a 3 días. Organizado por José Palazzo, lleva 21 años de vida y se desarrolla en un predio montado en el Aeródromo Santa María de Punilla.
¿Es que ya nada existe?
Los clics modernos, con música creada por IA, algoritmos que separan a las personas como ganado y la constante debacle económica del país, hacen difícil el sentir que existimos en otro y con otros. Esa sensación cargada de electricidad de ir a la casa de un amigo (o un próximo amor) con un disco conseguido ilegalmente, y descubrir en conjunto un nuevo universo musical evolucionó en una escucha desde una plataforma de forma personal y aséptica.
Por eso es importante el encuentro, la corporalidad, y la construcción de sentido e identidad a través de la cultura, de la música.
Hacía años que soñaba con disfrutar del Cosquín Rock, pero la distancia, tener un perro que cuidar y el propio autoconvencimiento de «capaz el año que viene» me llevó a la peor de las situaciones: la quietud. Pero este año eso mutó, y decidimos aprovechar para disfrutar del evento y luego continuar en vacaciones por las provincias de Córdoba y San Luis.
El Cosquín Rock 2026 se llevó a cabo el 14 y 15 de febrero. Y no fue barato. La entrada por los dos días fue de 300.000 pesos por cada uno, y antes de formar parte nos parecía algo exagerado el precio. Pero una vez que se vive la experiencia, cambia completamente el panorama.
La organización es impecable. Los diferentes escenarios (seis en total) están alejados para no manchar el oído con otras melodías, pero cercanos para no perderse demasiado de toda la oferta. Los carteles marcan todo correctamente, los baños (aunque algo sucios por culpa de la gente) no te hacen gastar horas de espera, y la oferta de gastronomía y agua es abundante.
Quizás la falta de luz durante la noche sea algo que revisar. Sobre la hidratación gratuita disponible, sólo vivimos una mala experiencia con la primera carga, que tenía gusto extraño, algo metálico. Nada que un buen fernet -preferiblemente comprado antes de ingresar al predio- no pueda arreglar.

Nos alojamos en Villa Carlos Paz, aprovechando que el predio sólo se encontraba a 40 minutos de distancia. Pero todos los medios de transporte te dejaban entre cuatro y cinco kilómetros alejado, lo que llevaba a una lenta y cansadora caminata de ida y vuelta, que servía para disfrutar de los feriantes capaces de conseguir brebajes, prendas de ropa de calidad fuera del merchandising oficial o simplemente un piloto. Ya que la lluvia fue el invitado no deseado que parecía llegar a cada rato. Por suerte entró al predio cuándo la fiesta terminaba.
La enormidad del espacio y la cantidad de gente (espesa pero a la vez bien distribuida) ayudó a la sensación de formar parte de algo mayor pero a la vez poder respirar en el proceso. Cuando los grandes recitales comenzaron a sonar, uno podía darse cuenta de la magnitud de público, tantas almas cantando y bailando a la vez, un pequeño vistazo a rituales del pasado. Una sorpresa en tiempos de virtualidad.
Y aunque las marcas lograron encontrar buenas activaciones, lo cierto es que -al igual que sucede en los grandes parques de entretenimiento- la espera es tan larga, que las ganas no permiten formar parte de esa experiencia. Pero la música, ya era otro cantar.
Nos habíamos preparado un mapa de artistas por escuchar, que debido a la inexperiencia y falta de información, tuvimos algunos cambios de último momento. Pero todos buenos. Lo importante es: NO VAS A PODER VER TODO. Es físicamente imposible, elegir -cómo si fuese un festival de cine con varias salas- es también dejar pasar. Debido a la larga marcha para entrar, todas las bandas antes de las 15.30 / 16.00 hs fueron imposibles de visitar, pero cuando llegamos el primer día ese sentimiento de «me perdí esto» pierde potencia.
Todo es sorpresa y alegría.

La jornada del sábado la arrancamos con El Zar, con una calidad musical, interpretativa y de sonido apabullantes. Fue el primer recital que vimos, y eso fue suficiente para confirmarnos la buena decisión que tomamos de vivir la experiencia del Cosquín Rock. Y desde allí, las emociones nunca se detuvieron.
Mi sueño de escuchar en vivo Cruzando el Charco devolvió con creces, en un escenario repleto de personas cantando a los gritos, de manera mancomunada, encontrándose. Porque como reza uno de sus temas «Soy de los que piensan que si no hay pasión no va», y ese fuego sagrado nunca faltó en las dos jornadas. Y siguió la nostalgia, en el escenario Boomerang, el más alejado, con Estelares, grupo musical que configuró la banda de sonido de mi época facultativa en La Plata.
Al finalizar, llegamos a ver los cinco temas finales del show de Dillom, que la rompió toda, y extrañamente la gente no ocupaba adelante a los costados, por lo que pudimos verlo y escucharlo en su completitud. Un perfomer total, un sacado, uno de los nuestros.
Unos sanguchitos de lomo y a continuar. Nos quedamos a escuchar un par de temas de Abel Pintos, a quien se lo veía cansado (venía de varias jornadas de festivales) pero intacto en su espíritu y conexión con el público. Un público que lo acompañó por miles. Ya lo habíamos visto en vivo, así que nos fuimos a escuchar a El Cuarteto de Nos. La banda uruguaya realizó un potente show repleto de clásicos, dónde lo más divertido fue «Contrapunto para Humano y Computadora» con una pantalla que contestaba. Divertido, pero aterrador.
En el medio, y al pasar, pudimos ser testigos de la energía de El Kuelgue, y Marilina Bertoldi, esta última con una peluca y un estilo único. La Vela Puerca completó el cupo uruguayo con todo su esplendor, mientras el sol caía definitivamente en el predio, y la energía comenzaba a mermar. La gente cantaba a los gritos, pero varios sentados, o agitando la bebida de la cena improvisada que tomaban.
Y el final de la jornada fue con Lali, aquel enano faquero que podremos volver a ver en vivo en River Plate, y que ofreció un show digno de cualquier estrella pop rock internacional de alta estirpe. La reina absoluta, la artista definitiva para toda una generación.
Y volver caminando una hora. Es la una de la mañana, aún nos queda medio camino al transfer que nos lleva a Villa Carlos Paz y en los puestos de la calle los feriantes siguen ofreciendo comida y bebida. La tentación a la orden del día. Son las tres de la mañana, y en un hotel escondido entre sierras, nos damos una ducha reparadora y decidimos desechar el desayuno del día siguiente para poder dormir unas horas más.

La segunda jornada tiene el cansancio acumulado, pero también la experiencia de lo vivido. Todo se consume más inteligentemente, se conocen los espacios y los tiempos. La grilla se reconfigura y la planificación es más efectiva. El primer recital nos encuentra cantando a los gritos con Los Pericos. La lluvia comienza a caer, tímida, pidiendo permiso, no tan violenta como auguraban sus nubarrones.
Y comienza a sonar El Plan de la Mariposa y todo vuelve a tener sentido. Una fiesta de temazos, espíritu libre y la posibilidad de saltar a sabiendas que las bebidas en la mano del público no harán mella en nuestros pilotos de lluvia. La familia de colorados, que rompieron el molde con su arte, nos llenó el alma. Y siguió el plan: cenar temprano para aguantar el resto de la jornada y no chocar con quienes olvidan su sustento.
Comer una hamburguesa sentado en el pasto y tener a Fito Paez cantando a unos metros es una experiencia reveladora, un oasis de «todo-va-a-estar-bien» entre tanto ruido. De punta en blanco, Rodolfo ofreció todos sus clásicos mientras el sol caía entre los picos de las sierras.
Y llegó la aplanadora del rock. Toda persona de bien, que se precie de tal, tiene que vivir la experiencia de escuchar a Divididos en vivo. No tiene ningún sentido. Un power trío que suena como una banda de siete personas. Una acumulación de éxitos, a los que sumaron temas de Sumo y Pappo. Una de esas cosas que nos acercan a la eternidad a través de una melodía cargada de experiencia y empatía, un bajo incomprensiblemente inhumano y un pendejo irrespetuoso que parece tener ocho brazos a la hora de tocar la batería.
Nos mudamos a dónde estaba Airbag, pero la verdad es que el sonido no fue, por lejos, el mejor del evento. Un sonido roto, algo molesto, hizo que nos decidiéramos por ir más temprano a ver a Trueno. Y que buena decisión. Porque de repente apareció en escena León Gieco para cantar «Cinco Siglos Igual» y luego «Tierra Zanta». La sorpresa y la emoción en partes iguales. Y el show potente del nacido en la Boca finalizó con un salto constante indiscriminado mientras en las pantallas las imágenes pedían darle poder al pueblo.

Pero León quería más. Y lo tuvo junto a Agarrate Catalina, que estuvo en el escenario sorpresa y cantó junto a El Plan de la Mariposa (no me molestó el reprise), y luego subieron a Gieco para una versión ESPECTACULAR de «Pensar en nada» con la murga uruguaya, la banda de los hermanos Andersen y el clásico León (el de verdad). Escuchar el arreglo vocal en conjunto fue una explosión difícil de borrar.
Y llegando al final, cuando el cielo estaba oscuro y la lluvia que había amainado volvía a proyectar su sombra, la frutilla del postre. Guasones, la banda platense que conocí en 2003, que tuve la fortuna de grabar en video sus primeros recitales fuertes, mi adolescencia y pre-adultez, el rock previo a los grandes cambios. Un show a toda marcha, íntimo pero a la vez multitudinario, con clásicos pero también gemas antiguas.
Y las sierras comenzaron a tronar. Y llovió a cántaros. Pero no nos importaba. Nos colocamos el piloto, mientras disfrutábamos el regusto del placer vivido, de una experiencia similar a un tatuaje, de recuerdos apilados que esperamos no desaparezcan.
Éramos miles de almas, caminando en la oscuridad bajo la lluvia, saliendo del predio, sabiendo que lo vivido fue extraordinario. No existe algoritmo que pueda procesar esa información, es un palpitar que entra en fase con cada uno de los acordes sobre un escenario, son los dolores de piernas y espaldas que no importan, es la despreocupación al pagar 35 mil pesos un fernet. Es la sonrisa en el rostro que no se esfuma. Es seguir cantando y recordando esos escenarios hoy.
Es la cultura, estúpido.

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