El fenómeno viral llega a las salas
Hay ideas que por sí solas ya valen, que sólo resta decorarlas un poco para salir al mundo. El creepypasta viral de Backrooms es un buen ejemplo de eso, y de allí se desprende este largometraje, realizado por el mismo niño que se volvió conocido, y que tuvo que decidir entre ir a la universidad o hacer Backrooms – Sin Salida.
¿De qué va?
Ambientada en 1990, la película sigue a Clark (Ejiofor), un vendedor de muebles que descubre en el sótano de su tienda un portal hacia un inquietante laberinto de espacios interminables, similares a oficinas vacías. Fascinado y perturbado, convence a su empleada Kat (Lukita Maxwell) y al novio de ella, Bobby (Finn Bennett), de ayudarlo a mapear esa extensión imposible de salas y corredores de arquitectura surrealista, donde extraños ruidos sugieren que algo de otro mundo podría estar acechando. Cuando Clark desaparece, su terapeuta, la Dra. Mary Kline (Reinsve), termina adentrándose ella misma en los Backrooms en busca de respuestas y una salida.
El cine tiene la capacidad de generar a través de diferentes estímulos: una buena historia / un buen guion, una interpretación que emociona, una imagen que te moviliza, una música que te recuerda algo, un sonido que te inquieta, o una imagen que penetra en el subconsciente y te muestra expuesto en tu humanidad.

La webserie Backrooms apelaba a ese último eslabón, la creación de un extrañamiento a través de la navegación por espacios liminales (lugares de transición que aparecen vacíos, y crean una sensación de inquietud), que terminó forjando su propio lore y volviéndose una creepy pasta.
¿Qué quiero decir con eso? Terminó convirtiéndose en una suerte de leyenda urbana web, con su propia mitología, y que hizo que muchísimos más lo imitaran. El nombre del niño (porque cuando estrenó la serie en 2022 tenía 17 años) que hizo el Backrooms original es Kane Parsons. Y ahora es el responsable de su adaptación en formato cine.

Una jugada arriesgada, ya que el novel llevó a cabo la realización de la serie sin experiencia académica e industrial -como Farsa Producciones acá- y tuvo que enfrentar una primera película desde esa base. Algo bastante inaudito en estos tiempos.
Y eso se ve en la obra final, se nota el desparpajo, la sangre fresca, la cabeza no pre-formateada; con todo lo bueno y malo del caso. Backrooms – Sin Salida es un experimento performático, sensorial, que busca incomodar o generar ALGO, a pesar que la narrativa no vaya siempre de la mano.
Es una película a contramarcha del presente. Te requiere presente y atento, y con paciencia para ser llevado de la mano por esa experiencia.

Desde lo interpretativo, Chiwetel Ejiofor vuelve a construir a un personaje exagerado, pero que en este caso funciona, ya que es la mecha que enciende el descubrimiento, el primero que cruza el portal hacia un mundo parecido al nuestro pero a la vez distinto. Es el loco a los gritos en la plaza, nadie le cree pero tiene razón.
Mientras que Renate Reinsve sigue funcionando, siempre funciona. La protagonista de Sentimental Value puede jugar en cualquier cancha, y aunque la historia es más una excusa para colocar a gente en un universo diferente para asustarlos y confundirlos, ella siempre logra transportarnos y empatizar con lo que sucede.

Backrooms – Sin Salida es una rara avis, un experimento realizado por un menor de 21 años que tuvo una idea, y fue tan potente que el sistema se puso a su disposición. Es extraña y te va envolviendo, para trastabillar desde lo narrativo hacia el tercer acto, porque lo peor que puede pasar es que el mago nos explique el truco.
Con un final que deja abierto el juego para que el espectador complete el acertijo -que tanto no importa-, salimos de la sala con una sensación extraña en el pecho y la cabeza maquinando sin poder olvidar lo que vimos. Y en tiempos de sobre-estimulación y scrolleo, no existe resistencia más grande.

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