Así es como termina el mundo, no con una explosión, sino con un ladrido
Ridley Scott es imposible, una suerte de entidad incombustible y perenne que con 89 años sigue innovando y contando historias. Ahora vuelve con la ciencia ficción en una película post-apocalíptica tan realista y plausible con nuestro presente que incomoda. Esta es La guerra de los últimos.
¿De qué va?
Ambientada en un futuro no muy lejano, la historia sigue a Hig (Elordi), un joven piloto que, junto a Bangley (Brolin), un militar experto en supervivencia, ha construido un refugio eficiente pero aislado en un despiadado mundo postapocalíptico, hasta que una misteriosa transmisión de radio lo impulsa a aventurarse en lo desconocido en busca de la esperanza y la humanidad en las que aún cree.
A fines de los 70s, cuando aparecía en la pantalla grande una imagen de tinte post-apocalíptico parecía lejano e irreal. Hoy se siente como un presente gris y colindante. Una enfermedad virósica y una sociedad diezmada que decide volver a sus fuentes, Ridley Scott retrata este presente tan depresivo en La guerra de los últimos.

Estamos ante una propuesta incómoda de ver. Si están buscando acción descollante, sólo van a encontrarse con dos o tres secuencias de acción potentes, y luego todo se trata de supervivencia, de crear nuevos lazos sociales o alimentar los adquiridos. Más que una historia de ficción futurista, parece la quietud y espera en tiempos de Covid.
La fotografía gris con poca saturación, la falta de pantallas y colores vívidos, y la cadencia monótona y plomiza terminan de configurar un estado al borde de la depresión y que se aleja de esa sensación de rebeldía o explosión que las películas de antaño tenían sobre el fin de la humanidad.

Y tampoco es algo épico. Estamos viendo una ventana en la vida de Hig (Jacob Elordi) atravesando este párrafo después del punto y aparte del fin de un mundo. No hay excentricidades o posturas de súper héroe de acción, es un personaje con capacidades necesarias (siendo mecánico) que quiere entender si hay más gente como él en la lejanía. Y bueno, tiene un avión. Eso no es menor.
Lo acompaña un perro (que le da el título original The Dog Stars), pero que *SPOILER* desaparece a partir del primer tercio del metraje. Una de las pocas mentiras de la cinta, ya que el cánido participa del poster y todas las piezas de marketing y comunicación. La partida del compañero de cuatro patas es el detonante que pone en movimiento al protagonista.

Ridley Scott no rompe ningún esquema ya conocido, incluso siendo puntilloso podemos decir que es una de las películas más genéricas del director. Sin embargo, hay algo en la construcción de todos los personajes que le da sentido a la existencia de la cinta. El compañero de Hig, Bangley (Josh Brolin) es el típico loco yanqui «prepper», siempre listo para el fin.
Si bien podría caer en una exageración -para el lado de la comedia o para el lado del heroísmo de acción de los 80s-, estamos ante un personaje con matices, tristeza, resolución y una esperanza escondida detrás de muchos años de cinismo. Lo que hace Brolin es de lo mejor de la película, sólo equiparable a Guy Pearce y su enojado, pero querible, Pop. Margaret Qualley atraviesa todo siendo la mujer, sin su presencia no hubiese cambiado demasiado la historia.

A pesar de su talante contemplativo, lento y pausado, La guerra de los últimos nunca se detiene. Constantemente se pone al protagonista en problemas, que se resuelven sin la espectacularidad de Hollywood. Quizás eso se rompe en la visita final a Grand Junction, donde todo parece ser parte de otra película.
Otra película post-apocalíptica, otro acercamiento a un futuro que cada vez es más plausible, bajo la mirada de un director que atravesó toda una historia en la humanidad. Una muestra de que, a pesar de lo que deseamos, todo se repite (o rima) a través de nuestro tiempo.

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