Vuelve la saga de los fichines, con sorpresas
¿Puede el nombre de un director en franco ascenso tener la potencia para agarrar el proyecto más extraño que te podes imaginar? Zach Cregger, luego de romperla con Weapons, dijo «yo quiero hacer una nueva entrega de uno de los videojuegos más reconocidos del mundo», así que llega a los cines Resident Evil: Noche Cero.
¿De qué va?
De la mente del visionario cineasta Zach Cregger llega una emocionante —y aterradora— reinvención de la franquicia Resident Evil. En una historia completamente nueva, Resident Evil sigue a Bryan (Austin Abrams), un mensajero médico que, sin saberlo, se ve envuelto en una carrera por la supervivencia llena de acción y sin tregua cuando una noche fatídica y espantosa se convierte en un caos a su alrededor.
Entre la saga de Milla Jovovich, que se extendió mucho más de lo que merecía; las efectivas pero muy de nicho películas animadas en 3D, y el último intento hace cinco años con Welcome to Raccoon City, la franquicia de Resident Evil lucha por no fenecer. Y a pesar que su intento hace un lustro no resultó como los popes esperaban, llegó una voz joven y vigorosa para pedir la pelota y salir a jugar.

Zach Cregger es de esos milagros que no se dan mucho en el medio. Nacido en las entrañas de la autogestión, con experiencia actuando, produciendo, editando y dirigiendo; el nacido en Virginia -Estados Unidos-, demostró la necesidad de una nueva voz en el cine de terror (aunque déjenme decirles que su gusto por la comedia parece ser superior) y rompió todo con Barbarian y Weapons. Y mientras la segunda seguía en boca de todos, llegó el anuncio de su siguiente opus: Resident Evil – Noche Cero.
¿Pero esa no es la saga de los fichines? ¿La que tiene un montón de hombres y mujeres cool, hegemónicos y expertos en todo tipo de armas? ¿La que mezcla el concepto zombies con el body horror de la experimentación genética? ¿La de los perros que abren la boca como si fuese The Thing de Carpenter? ¿Qué tiene que ver Cregger con eso? ¿Y era necesaria una nueva instancia de la franquicia?

La respuesta está en la pantalla, esa que no podes dejar de mirar por los casi noventa minutos (gracias por no continuar con esa molesta tendencia de las películas de más de dos horas) que dura esta road movie terrorífica, grabada con una perfección casi molesta, con buena cantidad de gore, efectos visuales muy correctos (salvo al final) y mucho, mucho, mucho humor.
En Resident Evil: Noche Cero no están Leon Scott Kennedy, Jill Valentine, Chris Redfield, Ada Wong ni Albert Wesker. ¿Hay otros personajes secundarios de alguno de la decena de fichines que salieron? No. ¿Se desarrolla entre alguna de las sagas? ¿Es una suerte de enlace perdido, de esos que excitan a los completistas fanáticos? Tampoco.

Zach Cregger decide usar la idea inicial para ser su patio de juegos personal. Parece conocer la dinámica y el espíritu del videojuego, y se lo imprime a fuerza de aciertos tonales, pero matizando bajo su propio prisma y otorgando un híbrido de lo más interesante. ¿Y si en este universo no todos son una-especie-de-john-wick-hegemónico? ¿Y si sólo tenemos a un hombre común intentando sobrevivir la noche en que todo se vuelve un caos?
Acá brilla Austin Abrams como Bryan, al que ya vimos en Weapons (era el drogadicto), que compone un personaje querible, auténtico y gracioso. Una suerte de Deadpool que rompe la cuarta pared constantemente, de manera inteligente, poniendo de manifiesto el conocimiento de los tropos de la franquicia. Las armas, los monstruos raros, los odiados cerrojos… todo grita «por supuesto que jugué a esta mierda» a cada minuto.

La cantidad de referencias, cameos graciosísimos y momentos aterradores se estructuran de manera efectiva para lograr ese sutil equilibrio entre ponerte nervioso, tener miedo o reír a carcajadas como manera de sacártelo del sistema. Y la mayoría de los bichos están, y hay algunos nuevos que terminan funcionando en la lógica del «podría haber aparecido en alguno de los juegos».
La cosa cae hacia el final, porque la idea de un Big Boss exagerado -que uno lo adopta con más facilidad en los fichines- termina siendo algo anti climático, por el uso de CGI no tan efectivo como los anteriores. Cómo Ícaro, voló demasiado cerca del sol / perfección y se le quemaron las alas.
Pero eso no quita el regusto que se mantiene al prenderse las luces de la sala: la idea de ver la obra de un artista, la posibilidad de que una idea no sea una cárcel en la que quedarse atrapado, sino el puntapié para algo nuevo y único. Zach Cregger sigue ayudando a revivir un género, que como los zombies, parece no querer morir nunca.

0 comentarios