Steven Spielberg es una de las leyendas vivas del séptimo arte, un eterno niño propenso a maravillarse. Y esa maravilla hizo que siempre mirara hacia arriba, hacia lo que existía más allá de nuestro cielo. Hoy nos volvemos a encontrar con otra historia de aliens, esto es El día de la revelación.
¿De qué va?
Si descubrieras que no estamos solos, si alguien te lo mostrara, te lo demostrara: ¿sentirías miedo?Ahora, la verdad le pertenece a ocho mil millones de personas. Hoy es… El Día de la Revelación.
Hay retornos que siempre son celebratorios, y entre ellos el regreso de uno de los más grandes contadores de leyendas y nuevos mitos de nuestro tiempo: Steven Spielberg. El mismo que fue mutando su fascinación por el recorrido ufológico, y ahora decide apostar por abrir la caja de Pandora. ¿Estamos solos?

Es casi imposible negar la existencia de seres extraterrestres, la amplitud inacabable del universo estadísticamente no puede asegurar que seamos la única especie «evolucionada» habitándolo. Pero siempre se pueden contar historias, y el director de El día de la revelación tiene un historial
Desde su primer largometraje perdido en el tiempo, hasta su debut en las ligas mayores de la ciencia ficción con Close Encounters of the Third Kind, pasando por la infantil e inolvidable E.T., y luego -como consecuencia del 9/11- la belicosa War of the Worlds, Esteban constantemente encontró algo de la coyuntura para convertirlo en material cultural y de debate.

Y esta vez lo hace poniendo más el foco en «la gente», en lo que sucede con los terráqueos y la eterna discusión a propósito del «¿estamos solos?». En un mundo globalizado, hiperconectado y en plena travesía hacia la guerra nuclear definitiva, el debate pasa por otro lado: ¿Queremos saber? ¿Estamos preparados para eso?
El día de la revelación es una mezcla de subgéneros, comienza con una trama de conspiración (quizás la más floja) protagonizada por el actor Josh O’Connor, sigue con una aventura con tintes de humor (quizás la más efectiva) corporizada por Emily Blunt, para terminar en una trama de heist (tipo Ocean´s Eleven) guiada por Colman Domingo. En el medio, el antagonista Colin Firth intentando que esos hilos no se crucen.

Está clara la superioridad estética y de lenguaje audiovisual que tiene Spielberg, pero también aparecen vicios que le restan a la obra. El guion, basado en su historia y escrito por el eterno David Koepp (Jurassic Park) tiene momentos de un excelente ritmo -todo el tercer acto-, pero también agujeros y flojeras que parecen estar trabajadas con algo de desidia.
Y la fotografía, del ya adherido Janusz Kaminski (que lo ilumina hace décadas) termina conspirando en contra, con luces azuladas y flares de cámara que para muchas secuencias le ponen un halo de frialdad que va en detrimento del espíritu que el director quiere imbuir, más cercano a lo acogedor y la empatía.
Pero si en algo falla es en la construcción de algunos efectos CGI de dudosa terminación, como los animales que aparecen (ay ese zorro), y también en la construcción de una abducción (que se ve en el trailer) que parece ser protagonizada con dos niños hechos totalmente de manera digital.

Ahora bien, como expresé arriba, el tercer acto es una catarata de emociones y situaciones de tensión que dejan un buen sabor de boca al terminar el visionado. Lo dicho siempre: una buena película con un mal final nos deja pensando «no está buena», mientras que una película floja pero con un buen final nos hace perdonar ciertos desaciertos.
Siempre es una celebración volver a ver a las leyendas trabajando, divertirse como niños y generando historias originales. Quizás el efecto marketinero de salir a decir «esto es en realidad el ensayo para contar la verdad» empantane el análisis cinematográfico en sí, en tiempos de post-verdad todo se licúa más.
Queda masticar luego de la proyección ciertos conceptos, la lucha por «la verdad» (concepto abstracto y discutible), la tensión con la religión y la idea de un Dios… pero quizás el sincretismo se resuma en una frase: «Sólo el amor salvará el mundo». La empatía como bandera, escudo y visión a futuro. Incluso en tiempos oscuros como estos.

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