Vuelve André Øvredal a las salas
El terror está de parabienes en el cine este año, y el regreso de André Øvredal a la dirección lo confirma. Dos protagonistas en una furgoneta, y una leyenda urbana mezclada con misticismo religioso hacen rodar a El Pasajero del Diablo.
¿De qué va?
Después de que una joven pareja sea testigo de un espantoso accidente en la autopista, pronto se dan cuenta de que no se han marchado solos del lugar del siniestro, ya que una presencia demoníaca llamada «El Pasajero», que no descansará hasta acabar con ambos, convierte su aventura en furgoneta en una pesadilla.
El género del horror se niega a desaparecer, y aunque el mundo audiovisual está en una transformación que aún no podemos dimensionar, el terror sigue filtrándose entre los estrenos, a fuerza de historias más chicas pero igual de espeluznantes.

André Øvredal es ya un peso pesado, de la experimental Trolljegeren, al hoy clásico de culto The Autopsy of Jane Doe; el director supo ingresar al mainstream de la mano de Guillermo del Toro con Scary Stories to Tell in the Dark, para luego volverse profesional en el género con The Last Voyage of the Demeter.
Con cada obra demostró la capacidad de adaptarse a las reglas de cada sub-género, quedando en estrenos algo irregulares pero con mucha presencia como el visionario en cuestión. Trolls, vampiros, fantasmas, leyendas urbanas… todo puede acomodarse a su trabajo como director.

Ahora con El Pasajero del Diablo, se mete en el terror religioso.
La película es una suerte de road movie, con una pareja de protagonistas poco conocidos que son el talón de Aquiles de la cinta. Se entiende apelar a ignotos para que la historia se sienta más «real», pero la química entre Jacob Scipio y Lou Llobell es bastante floja al igual que sus capacidades interpretativas. Tanto que cada vez que Melissa Leo aparece, la pantalla se ilumina más.
Además, la focalización se concentra 100% en la pareja, haciendo más evidente la falta de herramientas y presencia en la historia.

El Pasajero del Diablo mezcla la mitología urbana de quienes viven su vida arriba de cuatro -o más- ruedas con el terror religioso, apelando a la historia de San Cristóbal de Licia, patrono de los viajeros. Y ahí se encuentra lo más interesante de la película, un sincretismo entre el presente y el pasado, mezclando Jeeper Creepers con la serie Supernatural y Stigmata.
Pocos personajes y mucho exterior, un modelo de rodaje que -lamentablemente- está quedando en desuso frente al «lo hacemos en postpro», que termina saliendo más costoso y se ve peor. Y por debajo, la idea de tribus y el traspaso de los mitos como sucedía en Farenheit 451, de boca en boca.

El Pasajero del Diablo es una película irregular, pero que logra momentos de verdadero terror: algunos jumpscares (lamentablemente algo repetidos) y una secuencia en particular al aire libre con un proyector, que logra equilibrar lo poco que nos importan los personajes. Y todos sabemos lo que pesa eso en una obra de terror. ¿De qué nos vamos a asustar si nos son indiferentes los protagonistas?
Demonios del camino, la sociedad organizada como faro de rescate y la religión como cascada de nuevos mitos son algunas de cosas positivas de la nueva película de Øvredal. Otra muestra de que siempre vamos a tener películas de terror para no poder dormir por las noches.

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