Una canción para curar
Cuando el éxito llega, la mayor cantidad de gente cree que es un proceso corto y mágico guiado por «el talento». El documental Estelares, nuestros días en mi memoria viene a contar el empinado y doloroso camino a ser una banda popular.
¿De qué va?
La Plata es una ciudad de la música. En sus calles universitarias y cosmopolitas, conviven géneros diversos y letras entrañables, que marcaron una huella incomparable en la escena nacional. “Nuestros días en mi memoria” es una postal de esta identidad platense expresada a través de la historia de Estelares, que sintetiza estos rasgos característicos y únicos de la ciudad. Narra el contexto musical de los 90 y la evolución artística de la banda, que se convirtió en una de las referencias más importantes de la Argentina. Un relato íntimo, con material inédito de archivo y entrevistas a los protagonistas, que abre un abanico de baladas y poesías llenas de amor y melancolía.
La Plata, 2004. Uno de mis compañeros de departamento había bajado del Ares una nueva canción de una banda que los que recorríamos las diagonales o destruíamos una hamburguesa en una plaza a las 2 am conocíamos: Estelares. Era Moneda Corriente, y fue de esos momentos donde al escucharla dije «esta música va a acompañarme toda la vida». Y así fue.

El documental, dirigido y guionado por Gonza López, no buscar romper las reglas propias del subgénero. Cabezas parlantes, una línea del tiempo consistente y ordenada, y material de archivo para condimentar lo relatado. Pero lo que sí logra destrabar es ese sentimiento atávico: entender como la humanidad se completa a través del arte.
En Estelares, nuestros días en mi memoria el mercantilismo está en una necesidad básica: poder ganar plata para comer. Pero nunca la banda relata -como algunos referentes hoy de la música urbana- que quiere dinero por el dinero mismo, que busca lujos o sentirse superior por un reloj costoso o un auto de Elon Musk. No, lo que siempre está en la palestra es el deseo de trascender.

Nacido como un proyecto de documentar un recital, terminó germinando en otras cabezas como la Hidra, y mostrando un momento de la música (los 90s en La Plata, con todos sus referentes), la crisis del 2001 y las mieles de un éxito que literalmente costó sudor y lágrimas. Manuel Moretti, como el juglar moderno que es, termina siendo un Forrest Gump sin pretenderlo.
Las diagonales marcando el rumbo del rock chabón que vendría en los 2000, El Cielito (hogar de Los Piojos) cómo una de las casas que apostó por la banda, la visión y afabilidad de Juanchi Baleiron y la necesidad de contar algo que es tan imperioso como respirar son algunos de los ladrillos dónde se va construyendo esta Torre de Babel tan dolorosa como reconfortante.

En Estelares, nuestros días en mi memoria nada es Glam, cool o chick. Todo cuesta horrores, en esa tormenta perfecta y continua llamada Argentina. Y teniendo los pies de plomo cargados de canciones es la única manera de sobrevivir. Y eso es lo que se cuenta: nada está dado de facto, nada está regalado, ni entregado «por el talento». Todo requiere trabajo, oportunidad, y paciencia.
Pomelo, movete que estamos viendo donde nace el verdadero rock.
Y en el centro: las canciones. Un repertorio que ya caló hondo en el inconsciente colectivo y se convirtió en canciones de cancha o propuestas de amor. Un constante mover la cabeza o marcar el ritmo con el pie, y un fuego fatuo que surge de las tripas, la necesidad de cantar a los gritos.

Estelares, nuestros días en mi memoria tiene un buen material de archivo, las entrevistas se ven bien y es escuchan genial, pero su genoma se termina de configurar con todo lo que rodea a lo que se cuenta. Lo humano dentro de la alquimia musical, del truco para ser famoso haciendo música. El truco más explicado del mundo: no hay truco.
Hay canciones urgentes, trabajo, decepciones, mucho dinero invertido, otro tanto perdido, pero la constancia, el compañerismo y la certeza que hay ciertas letras y melodías que necesitan salir de la caja de Pandora. Especialmente el corazón. El corazón sobre todo.

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