La segunda batalla por Las Malvinas
El Mundial de fútbol de 1986 nos encontró con dos buenas nuevas: el regreso de la democracia plena, y Diego Maradona. Pero esa fecha contra Inglaterra, también gritaba por la historia y por los pibes de Malvinas que varios olvidaron en menos de 2 años. Esto es El Partido.
¿De qué va?
Con una duración de 91 minutos – igual que el partido de 1986 – el largometraje reúne por primera vez a jugadores de ambos equipos para reconstruir no solo el partido, sino los sucesos históricos que se pusieron en marcha siglos antes. Junto a testimonios de sus protagonistas y archivos nunca vistos de entrenadores, árbitros, hinchas, músicos, y políticos, la película logra capturar la belleza del juego y lo absurdo de la guerra. Basada en el libro “El Partido” de Andrés Burgo.
Hay una constante que se repite tanto en el fútbol como en el cine (y el arte en general, bah), es la de menospreciarlos como meros entes de entretenimiento. Pero son catalizadores de respuesta, despertadores áuricos buscando a sus presas humanas, motores de cambio. Y tanto el criado en las canchas de tierra de Fiorito como el Mundial 86 son muestras de esto.

El Partido es un documental hecho y derecho. Cabezas hablando, relatando lo sucedido en 1986 cuando Argentina (ya en plena democracia) se encontraba con Inglaterra (aquel pirata que nos robó las Malvinas) y marcaba un enfrentamiento muy por fuera del deportivo.
Eso se engalana con mucho material en blanco y negro, voces en off tanto en español como en inglés, y jugadores de ambos equipos volviendo a ver el partido y reaccionando, cómo si fueran streamers. La estructura temporal se rompe yendo y viniendo, para poner en contexto todo lo que sucedía dentro de los corazones de un pueblo.

El Partido es una experiencia catártica, tanto de lo bueno cómo lo malo. Y hay villanos de esos que parecen escaparse de los cuentos antiguos que nos contaban para ir -o no- a dormir. Los ojos inyectados de odio y soberbia de Margareth Tatcher, y la palabra emborrachada de Leopoldo Fortunato Galtieri dialogan con una época que es lejana pero sigue doliendo.
Y del otro lado algunos loquitos con Diego Armando como referente, Bilardo y su locura (y a la vez sensatez) extrema, y un equipo de argentinos que no tenían ni dinero para comprar camisetas alternativas. Pero había fútbol y sentimiento de revancha, aunque el partido -todos decían- «no era político».

Los constantes ir y venir en el tiempo, con el pormenorizado de (por ejemplo) qué pasaba por la cabeza de los árbitros ese día, se vuelven una partitura que va encastrando los highlights como en una sinfonía diáfana y barroca. Nada se oculta, todo es un bardo. Así somos. Eran más que sólo 11 jugadores en ese campo.
¿Y cómo no llorar de bronca e impotencia cuándo se habla de la guerra de Malvinas? Una «batalla» que fue un capricho de un poder en decadencia, y que mató -y sigue matando hoy- a camaradas, familiares, amigos, que nunca más pudieron volver a sentir el calor de un abrazo o un mate argento. Cada imagen, además de un recuerdo, es una daga en la historia.

Y al final, las joyas de la corona: la Mano de Dios y el mejor gol de la historia. Un pormenorizado detalle de ambos, que nos hacen sentir que los estamos viendo por primera vez. La imagen y el relato como motor de sanación, y de un nuevo observar. La potencia de las historias como vectores de contagio de la memoria. Y el llanto, tanto de alegría, dolor o melancolía.
El Partido es entender porqué el fútbol es tan importante para nuestra sociedad; porqué TODO es político, aunque algunos lo niegan (siempre los que te quieren cagar); y porqué es importante el cine. Juntarnos en una sala a oscuras, con un halo de luz que no nos permite olvidar, es contestatario porque este presente no nos quiere unidos, sino dominados.

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